Antes de elegir una herramienta, hay una pregunta que pocas organizaciones se hacen en serio: ¿qué modelo de aprendizaje estamos eligiendo con ella?
La decisión suele llegar desde otro lugar. Desde el presupuesto disponible. Desde la presión por mejorar métricas. Desde la atracción de lo que hace el mercado o de lo que acaba de presentar un proveedor en una demo bien producida. Raramente desde una pregunta pedagógica previa. Y esa inversión del orden tiene consecuencias: herramientas técnicamente bien implementadas que no transforman nada. Ni la experiencia del alumno, ni la calidad real de lo que se ofrece, ni los resultados que importan.
El problema no es la tecnología. Es el orden en que se toman las decisiones.
Liderar la tecnología en formación requiere empezar por una pregunta anterior a cualquier catálogo o propuesta comercial: ¿cómo aprenden los adultos? No es una pregunta retórica. Hay décadas de investigación sobre aprendizaje adulto que ofrecen respuestas concretas. Los adultos aprenden mejor cuando tienen autonomía sobre su propio proceso, cuando pueden conectar los contenidos con su experiencia previa, cuando perciben una aplicabilidad inmediata de lo que están trabajando y cuando la motivación es intrínseca, no impuesta. Autores como Malcolm Knowles, con su modelo de andragogía, o David Kolb, con su teoría del aprendizaje experiencial, llevan décadas ofreciendo marcos útiles que siguen siendo válidos y que siguen siendo ignorados en el momento en que se abre una conversación sobre plataformas o herramientas.
Sobre esa base viene el segundo paso: tener un modelo de aprendizaje propio. No el del proveedor. No el que viene por defecto en la plataforma elegida. Uno construido desde las preguntas que definen tu propuesta formativa: ¿qué tipo de experiencia quieres generar? ¿qué papel tiene el error en tu modelo? ¿cómo se relacionan el contenido, la práctica y la transferencia al puesto de trabajo? ¿qué rol tienen los facilitadores o tutores? Una organización que no ha respondido estas preguntas no está en condiciones de elegir tecnología, porque no sabe qué le está pidiendo que haga.
Y solo entonces, en tercer lugar, viene la herramienta. No como punto de partida, sino como respuesta a una experiencia ya definida. Elegida no porque sea la más avanzada o la más extendida en el mercado, sino porque sirve mejor a lo que ya sabes que quieres construir.
Esto no es incompatible con tener recursos limitados. Una organización con presupuesto ajustado puede hacer este recorrido igual que una con recursos amplios. La diferencia no está en el dinero: está en si la dirección académica tiene voz en la conversación tecnológica, o si esa conversación ocurre sin ella. Está en si alguien en la mesa, cuando se habla de herramientas, pregunta en voz alta para qué modelo pedagógico está siendo elegida esa herramienta.
Esa voz es la que falta en demasiadas organizaciones. No por mala fe, sino porque el orden habitual de las decisiones la deja fuera desde el principio.
¿Cuándo fue la última vez que en tu organización la conversación sobre tecnología empezó por el modelo pedagógico, y no por el presupuesto o el proveedor?
